Hablar con el diferente: mis tres encuentros con Carlos Castaño

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Los 90 fueron fundamentales para forjar mi vocación política. En 1995 hice parte de la Comisión Facilitadora de paz en Antioquia, donde había una complicada situación de orden público. Para entender mejor el fenómeno de la violencia en la región, durante esa experiencia me entrevisté con varios actores de la guerra.

Los 90 fueron fundamentales para forjar mi vocación política. En 1995 hice parte de la Comisión Facilitadora de paz en Antioquia, donde había una complicada situación de orden público. 

Para entender mejor el fenómeno de la violencia en la región, durante esa experiencia me entrevisté con varios actores de la guerra. Mi primer acercamiento fue a Francisco Galán y Felipe Torres, dos miembros del ELN presos de la cárcel Modelo de Bogotá. 

Fue mi primera visita a una cárcel, donde me encontré con el célebre sicario del Cartel de Medellín, ‘Popeye’. A su lado estaba Jorge Eliécer, alias ‘Cañengo’, uno de los hermanos Rodríguez Orejuela, capos del cartel de Cali, juntos en el mismo patio, donde estaba colgada la bandera del ELN. 

Volví dos veces más, con monseñor Isaías Duarte y monseñor Jaime Prieto a conversar con Galán y Torres, quienes estaban comprometidos con la paz, a pesar de que su bloque Carlos Alirio Buitrago no paraba de azotar el oriente antioqueño. En 1997, días antes de elecciones, el ELN secuestró a dos observadores de la OEA y a un funcionario de la Gobernación en el oriente antioqueño. Fuimos a hablar con Galán y Torres, trasladados a Itagüí, para que intercedieran en la liberación. 

También tuve tres encuentros con Carlos Castaño, el máximo mando a cargo de las Autodefensas Unidas de Colombia. El primero en Medellín y tuvo visos de película. Citaron a la Comisión en el centro de Medellín. La buseta en la que íbamos tuvo que seguir una camioneta, conducida por gente extraña, que recorrió el Valle de Aburrá de sur a norte y de oriente a occidente durante horas, hasta llevarnos a una casa en un exclusivo sector de El Poblado.

Cuando llegamos, Isaías Duarte lo enfrentó recriminando las matanzas paramilitares. Era un cura bravo, capaz de plantarle cara a Castaño sin dudar, quien negó tener que ver con esas masacres. Por eso y porque lo conocí, me dolió cuando algunos lo acusaron de mantener relaciones non sanctas con los paramilitares. 

En el segundo encuentro, de camino a Medellín, los altavoces del aeropuerto de Bogotá soltaron mi nombre y con susto acudí al llamado. Era monseñor Duarte, quien me pidió que viajara urgente a su casa en Cali. Salí del aeropuerto hacia la oficina de Horacio Serpa en el Ministerio del Interior, luego regresamos al aeropuerto, tomamos una avioneta que aterrizó en la base militar Marco Fidel Suárez. Al llegar adonde Monseñor en la sede de la Arquidiócesis de Cali, vimos a Carlos Castaño en la sala. En esa reunión, se discutió la posibilidad de que los paramilitares se desmovilizaran.

La última reunión ocurrió en la misma casa y por el mismo motivo, también estuvo Horacio Serpa y un grupo grande de personas de Córdoba y ganaderos de distintas partes del país. En todas las reuniones traté de mantenerme razonable, incluso con el tono arrogante de Castaño que muchas veces rozó la amenaza, ni su figura intimidante y violenta lograron sacarme del propósito de entender para ayudar. 

No lo volví a ver y me alegra decirlo. Era un hombre con una energía destructiva: a su alrededor se podía sentir una suerte de campo magnético que lo rodeaba y con el que parecía que fuera a electrocutar a la gente.

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