Mis años de colegio

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Reconozco que soy privilegiado: nací en el mundo de las oportunidades. Crecí en una casa cómoda sin presiones, tuve la oportunidad de tener buenos libros y profesores y estudié lo que quise, bajo la batuta de una mamá exigente y cariñosa y un papá culto que me acompañó sorteando obstáculos. Sin embargo, no por haber contado con esos privilegios me encasillé en una clase social.

Reconozco que soy privilegiado: nací en el mundo de las oportunidades. Crecí en una casa cómoda sin presiones, tuve la oportunidad de tener buenos libros y profesores y estudié lo que quise, bajo la batuta de una mamá exigente y cariñosa y un papá culto que me acompañó sorteando obstáculos. 

Fue durante mis primeros años de vida en Envigado cuando entendí que no todos crecieron en un entorno tan privilegiado como yo, que crecí en una casafinca que hacía parte de una urbanización que construyó mi papá, un reconocido arquitecto medellinense que me llevaba a jugar golf al club El Rodeo.

Sin embargo, no por haber contado con esos privilegios me encasillé en una clase social. Por el contrario, la cercanía del lugar donde crecí a La Magnolia, un barrio obrero, me permitió crecer aprendiendo de la manera en que vivían los que no eran como yo.

En esa época, jugué fútbol, corrí, leí revistas y charlé con muchos amigos hijos de obreros. Recuerdo en particular a Rubén Darío, con quien mantuve una relación de sana competencia académica, a pesar de que yo estudiaba en el Benedictino, un colegio de ricos, y él en el Manuel Uribe Ángel, un colegio público. 

Con Rubén hice tareas y resolvimos problemas matemáticos. Antes de terminar el colegio, como ambos éramos buenos estudiantes, participamos en el concurso Mejor Bachiller Coltejer, cada uno representando a su colegio. Tiempo después supe que lo mataron durante una de las ráfagas de violencia que han azotado a la ciudad, un eterno problema al que me enfrentaría muchos años después como alcalde de Medellín.

En ese mismo colegio me encontré con el expresidente Álvaro Uribe Vélez, una de las primeras figuras políticas prominentes que me encontraría durante los 90, cuando finalmente forjaría mi perfil de vocación pública. En el Benedictino no estudiamos juntos pero no fuimos amigos porque él iba dos grados adelante. Sin embargo, sí jugamos fútbol juntos y lo recuerdo como un arquero esforzado.

También fue en el colegio donde me enamoré del álgebra, la filosofía, la música clásica y la literatura y el cine de la mano de los profesores, los cuales son parte de la columna vertebral de la forma en que concibo la política. De don Ómar, por ejemplo, heredé el gusto por el álgebra, pues me sorprendió verlo resolver ecuaciones con elegancia y alegría.

Saúl Sánchez era un maestro distinto, que nos dictaba francés, sociólogo y filósofo de la Universidad de Antioquia. De él adquirí el gusto por la filosofía, la música clásica y la literatura en todas sus dimensiones. Fue él quien me recomendó estudiar matemáticas, una disciplina que marcaría una parte importantísima de mi vida académica.

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Una respuesta a «Mis años de colegio»

Tratando de soñar empatico, me sueñas bastante narcisista, podrías haber ahondado también en as desventajas de Rubén, en cómo trataste eso en tu Alcaldia, nuevamente y soy sincera creo que tienes mucho para dar al país pero simplemente no quieres entender el país, crees que lo entiendes, pero solo escribes del país como tú lo ves no cómo es, la vida de
Los Rubenes del país y porque los fajardos y los ruines sobreviven y los rubenes no, ( algo más complicado que las circunstancias que describes, y en las que también te haces protagonista) esa es la parte que me enerva, pero bueno es un comienzo

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